jueves, 10 de septiembre de 2026

HACIENDA LOS MOLINOS RECLAMA SOLUCIÓN POR COBROS DEL ACUEDUCTO



Habitantes del barrio Hacienda Los Molinos, en la localidad de Rafael Uribe Uribe, realizaron un plantón para exigir al Acueducto de Bogotá una solución frente a los cobros que consideran injustificados y la devolución de los dineros pagados en exceso.

La jornada se cumplió como estaba prevista y tuvo como propósito llamar la atención de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB) sobre la situación que, según los habitantes, ha afectado económicamente a varias familias del sector.

De acuerdo con un comunicado de la oficina de prensa de la concejala Rocío Dussán, la EAAB reconoció que su sistema presentó errores en el cálculo de los subsidios, situación que habría generado cobros superiores a los que correspondían en más de 125 cuentas contrato del barrio.

Según la misma información, los ajustes reconocidos por la Empresa superarían los 30 millones de pesos, mientras que en algunos casos los valores correspondientes a cada familia superarían los 900.000 pesos



Un barrio con particulares condiciones

Hacienda Los Molinos es señalado en el comunicado como un asentamiento de origen informal. De acuerdo con lo expuesto, sus habitantes no cuentan con una prestación formal del servicio de alcantarillado y reciben el agua mediante redes comunitarias construidas por ellos mismos, utilizando mangueras y conexiones artesanales.

En este contexto, los habitantes cuestionan que se hayan presentado errores en la facturación relacionados con el cálculo de los subsidios.

El problema con los subsidios

En respuesta a un derecho de petición, la EAAB habría reconocido que actualizó correctamente el número de unidades habitacionales de los predios. Sin embargo, según la respuesta citada por la concejala, el sistema no calculó correctamente el subsidio correspondiente al estrato 2.

Esto habría ocasionado que algunas facturas fueran liquidadas aplicando el subsidio y otras sin tenerlo en cuenta.

El documento relacionaría cerca de 30 millones de pesos en ajustes, correspondientes a más de 125 cuentas contrato, con casos individuales superiores a los 900.000 pesos.

Reclamo de los habitantes

Los residentes del sector denunciaron la situación y manifestaron su inconformidad por haber realizado pagos durante meses sin conocer que se estaban presentando inconsistencias.

Llevábamos meses pagando de más sin que nadie nos explicara nada”, manifestó un habitante del barrio.

Otra residente reclamó la devolución completa de los recursos: “Queremos que nos devuelvan hasta el último peso, no un descuento a medias”.

Control político

La concejala Rocío Dussán anunció que realizará control político sobre el caso y solicitará a la EAAB un informe completo que permita establecer cuántas familias fueron afectadas en toda Bogotá y no solamente en Hacienda Los Molinos.

También solicitará explicaciones sobre las razones por las cuales se produjo la falla en el sistema de facturación y durante cuánto tiempo se presentó la situación.

Devolver lo cobrado de más no puede depender de que el ciudadano descubra el error; la Empresa tiene que decirle a Bogotá cuántas familias fueron afectadas, cuánto dinero les debe y cuándo y cómo lo va a devolver”, afirmó la concejala.

Dussán también manifestó que los recursos de los usuarios no deberían permanecer en las cuentas del Distrito cuando correspondan a cobros realizados de manera incorrecta.

La exigencia

La concejala Rocío Dussán, junto con la comunidad, lidera una firmatón relacionada con un derecho de petición dirigido a la EAAB, mediante el cual se exige una solución frente a los sobrecostos y la devolución de los recursos a las familias afectadas.

Los habitantes de Hacienda Los Molinos esperan una respuesta de la Empresa de Acueducto que permita establecer con claridad el alcance de los cobros, los valores que deben ser reconocidos y la forma en que se dará solución a la situación.

Más allá de las posiciones expresadas por las partes, el caso deja sobre la mesa una pregunta que corresponde responder a la empresa pública: si el sistema de facturación cometió un error, ¿cómo y cuándo serán restituidos a los usuarios los recursos cobrados de más?







miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿UNA SOLA VOZ DESDE EL GOBIERNO?

 


Las decisiones que inquietan a la prensa colombiana

Bogotá. Una pregunta comienza a tomar fuerza en distintos sectores del periodismo colombiano: ¿está el nuevo Gobierno modificando su relación con los medios de comunicación hasta el punto de restringir el acceso de la prensa a sus funcionarios y reducir los espacios para las preguntas?

La inquietud no surge de un solo episodio. En las últimas semanas se han producido varias decisiones y anuncios que, vistos por separado, pueden tener explicaciones administrativas o empresariales, pero que juntos han abierto un debate sobre la libertad de información y el papel de los medios en una democracia.

Uno de los primeros episodios fue la suspensión temporal de la programación regional e informativa de las 20 Emisoras de Paz. Desde el 18 de agosto esas emisoras dejaron temporalmente sus contenidos habituales y pasaron a una programación centralizada. La medida generó cuestionamientos de organizaciones como la Fundación para la Libertad de Prensa, la MOE y AMARC.

Posteriormente, 16 de esas emisoras retomaron su programación local desde el 7 de septiembre, aunque bajo una nueva denominación: Emisoras de la Reconciliación. La propia administración de Inravisión sostiene que la renovación busca fortalecer la relación con las comunidades, la participación y la construcción de paz.

Es decir, no puede afirmarse que las emisoras hayan sido definitivamente silenciadas. Pero tampoco puede ignorarse que durante varias semanas las comunidades perdieron sus espacios habituales de producción y difusión de información territorial.

Una nueva controversia: ¿quién puede preguntar?

El segundo episodio es quizá más delicado.

Una investigación de la Unidad Investigativa de Caracol Radio reveló el contenido de un acta de reuniones entre responsables de comunicaciones de diferentes ministerios y la oficina de comunicaciones de la Presidencia.

Según esa publicación, se impartieron instrucciones para que, por el momento, no se concedieran ruedas de prensa ni entrevistas a medios considerados “no amigos”, salvo cuando se tratara de asuntos estratégicos previamente autorizados por la Presidencia.

La misma directriz habría establecido que los ministros podrían hacer declaraciones durante eventos y recorridos oficiales, pero sin responder preguntas de los periodistas. También se habría restringido la participación de viceministros como voceros del Gobierno.

De confirmarse plenamente el alcance de estas instrucciones, el asunto tendría una dimensión que va más allá de una estrategia de comunicación institucional.

Porque una cosa es que un Gobierno organice sus mensajes y determine quiénes serán sus voceros. Y otra muy diferente es seleccionar a qué medios se les permite preguntar y cuáles quedan excluidos por no ser considerados “amigos”.

La diferencia es sustancial.

La comunicación como mensaje controlado

La investigación periodística también señala que la Presidencia habría establecido una narrativa común para las comunicaciones gubernamentales, con expresiones destinadas a transmitir esperanza, reconstrucción y la idea de una “Patria Milagro”.

Además, los ministerios deberían canalizar su información mediante sus cuentas institucionales y someter determinados contenidos a una cadena de revisión antes de su divulgación.

Una estrategia de comunicación coordinada no es, por sí misma, antidemocrática. Todos los gobiernos tienen derecho a organizar su comunicación institucional.

El problema aparece cuando la coordinación se convierte en control de las preguntas, selección de periodistas o exclusión de medios por razones políticas.

Ahí la discusión deja de ser solamente comunicativa y entra directamente en el terreno de la libertad de prensa.

¿Y Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo?

La denuncia también menciona la salida del aire de las periodistas Camila Zuluaga y Ana Cristina Restrepo.

Aquí es necesario hacer una precisión fundamental.

Ambas hacían parte de Mañanas Blu, programa de Blu Radio. La programación continuó hasta finales de agosto y existen registros del programa conducido por Zuluaga hasta el 31 de agosto.

Por tratarse de un medio privado, no sería correcto afirmar sin pruebas que el Gobierno las “sacó del aire”.

Podrían existir presiones políticas, decisiones empresariales, razones económicas, cambios de programación u otras circunstancias. Para establecer una relación causal con el Gobierno sería necesario contar con pruebas concretas.

La prudencia periodística exige, por ahora, mantener ese asunto como una pregunta abierta y no como una conclusión.

El debate que no podemos eludir

Hay, sin embargo, una cuestión que permanece.

La Constitución colombiana protege la libertad de expresión y el derecho a informar y recibir información. En una democracia, la relación entre Gobierno y periodistas no debería depender de la simpatía política del medio.

El periodista no está para ser amigo del Gobierno.

Está para preguntar.

Y precisamente porque puede incomodar, cuestionar, confrontar cifras, investigar decisiones y poner en duda las versiones oficiales, la prensa cumple una función democrática que no puede sustituirse por comunicados institucionales ni por mensajes cuidadosamente preparados.

Un Gobierno puede decidir quién habla en su nombre.

Lo que resulta mucho más problemático es que pretenda decidir quién puede preguntarle.

¿Estamos ante un intento de controlar la información?

Todavía sería apresurado afirmar que Colombia se encuentra ante una política sistemática de censura.

Pero tampoco sería responsable ignorar las señales que están apareciendo.

La suspensión temporal de la programación territorial de las Emisoras de Paz, la profunda reestructuración del sistema de medios públicos y, especialmente, las directrices reveladas sobre el relacionamiento con medios considerados “no amigos” justifican que periodistas, organizaciones de libertad de prensa y ciudadanía mantengan una vigilancia democrática sobre la actuación del Gobierno.

La pregunta no debería ser si un Gobierno tiene derecho a defenderse de medios críticos.

Naturalmente que lo tiene.

La verdadera pregunta es otra:

¿Puede un Gobierno democrático escoger qué periodistas tienen derecho a preguntar y cuáles deben limitarse a escuchar?

La respuesta debería preocuparnos a todos, independientemente de la posición política.

Porque la democracia no consiste en que el Gobierno hable y los ciudadanos escuchen.

La democracia necesita múltiples voces, preguntas incómodas, contradicción, investigación y acceso a información diversa.

Cuando solamente una voz decide qué se informa, quién lo informa y qué preguntas pueden hacerse, el problema ya no pertenece solamente a los periodistas.

Pertenece a toda la sociedad.

Y por eso esta discusión merece continuar, con hechos comprobables, documentos sobre la mesa y sin convertir la defensa de la libertad de prensa en una bandera partidista.

Porque la libertad de informar no pertenece a la izquierda ni a la derecha. Pertenece a la ciudadanía.

EMISORAS DE PAZ: ENTRE LA REORGANIZACIÓN OFICIAL Y EL DERECHO DE LAS REGIONES A SER ESCUCHADAS

  


La decisión del nuevo Sistema de Medios Públicos abrió un debate nacional sobre libertad de información, comunicación territorial y cumplimiento del Acuerdo de Paz

Bogotá. Lo que comenzó el 18 de agosto como una suspensión temporal de la programación habitual de las Emisoras de Paz terminó convirtiéndose en uno de los primeros grandes debates sobre libertad de información durante el nuevo Gobierno.

La medida fue impartida por la nueva administración de Inravisión —antes RTVC—, encabezada por Ángela María Mora Soto. La instrucción había sido comunicada el 17 de agosto y significó que las 20 Emisoras de Paz dejaran temporalmente sus espacios informativos, culturales, pedagógicos y regionales para transmitir una programación musical centralizada desde Bogotá. La decisión también alcanzó a 11 emisoras descentralizadas de Radio Nacional de Colombia.

No se trató, técnicamente, de un apagón de las frecuencias. Las emisoras continuaron transmitiendo. Lo que cambió fue su contenido: las voces producidas desde los territorios dejaron de ocupar temporalmente el espacio habitual en la programación.

Y allí aparece la pregunta de fondo: ¿puede una reorganización administrativa de los medios públicos terminar afectando el derecho de las comunidades a recibir información desde sus propios territorios?

Emisoras nacidas de la paz

Las 20 Emisoras de Paz no son unas emisoras públicas convencionales.

Su origen se encuentra en el punto 6.5 del Acuerdo Final de Paz de 2016, que contempló herramientas de difusión y comunicación destinadas a fortalecer la información regional, la pedagogía sobre el Acuerdo, la convivencia y la reconciliación.

Estas emisoras fueron instaladas precisamente en territorios profundamente afectados por el conflicto armado y tienen entre sus propósitos dar espacio a comunidades campesinas, indígenas, afrodescendientes, víctimas, organizaciones sociales y procesos comunitarios.

Para la FLIP, la suspensión de la programación informativa y territorial restringió el acceso a información local de más de 463.000 personas en municipios PDET. La organización, junto con otras entidades defensoras de la libertad de prensa, reclamó el restablecimiento de la programación.

La Defensoría del Pueblo también pidió reevaluar la decisión y destacó la importancia de mantener la programación regional de estas emisoras.

¿Por qué el Gobierno tomó la decisión?

La nueva administración de Inravisión argumentó que recibió un Sistema de Medios Públicos que debía ser revisado integralmente.

Entre las medidas anunciadas estuvo la revisión de contenidos, contratos y formatos, con el propósito declarado de transformar el sistema y evitar que los medios públicos fueran utilizados como instrumento político.

La nueva administración sostuvo que la futura programación tendría como pilares la cultura, el arte y la educación, y que buscaría reconocer la diversidad regional y dar espacio a las diferentes voces del país.

El Gobierno también cuestionó aspectos administrativos y contractuales de la anterior administración. Sin embargo, una cosa es investigar posibles irregularidades y otra diferente es demostrar que las Emisoras de Paz, como tales, hayan incurrido en ellas.

Precisamente por eso, la discusión pública no puede confundirse: la revisión administrativa de un medio estatal no elimina el derecho de las comunidades a recibir información.

La alerta de quienes defienden la libertad de prensa

La Fundación para la Libertad de Prensa expresó preocupación no solamente por la suspensión de la programación, sino también por las afirmaciones de funcionarios y dirigentes políticos que calificaron las Emisoras de Paz como instrumentos de propaganda de las antiguas FARC o del ELN.

La FLIP advirtió que este tipo de señalamientos puede estigmatizar a periodistas y comunidades y aumentar los riesgos para quienes trabajan en regiones afectadas históricamente por la violencia.

El entonces director de Radio Nacional de Colombia, Alexei Castaño, también defendió públicamente la importancia de la radio pública territorial, especialmente en momentos de emergencia, cuando la comunicación con las regiones puede ser determinante para las comunidades.

La justicia intervino

El debate llegó a los tribunales.

El senador Iván Cepeda promovió una acción de tutela argumentando una posible vulneración de los derechos a la libertad de expresión, información y paz.

El Juzgado 32 de Ejecución de Penas de Bogotá, sin embargo, negó la tutela. Según la información divulgada por el Ministerio TIC y por Inravisión, el despacho consideró que no existió un acto administrativo destinado a eliminar o clausurar las Emisoras de Paz, que las señales nunca dejaron de transmitirse y que el cambio correspondió a un esquema transitorio de reorganización de la programación.

Este elemento es fundamental: la justicia no calificó la medida como censura.

Por ello, periodísticamente no sería correcto afirmar que quedó demostrado que el Gobierno incurrió en censura.

Pero tampoco desaparece la discusión sobre el derecho a la información.

Las emisoras regresaron, pero con otro nombre

La situación tuvo una nueva modificación en septiembre.

Desde el 7 de septiembre, 16 estaciones que anteriormente eran conocidas como Emisoras de Paz comenzaron una nueva etapa bajo el nombre “Emisoras de la Reconciliación”, con programación local renovada, según informó oficialmente Inravisión.

Sin embargo, cuatro estaciones —Buenaventura, Agustín Codazzi, Riosucio y Tierralta— quedaron sometidas a un cese de emisión debido, según la explicación oficial, a problemas relacionados con los requisitos legales de sus concesiones.

Inravisión sostiene que esas cuatro emisoras fueron puestas en funcionamiento en 2024 sin que hubiera culminado el trámite de las concesiones correspondientes y que permanecerán fuera del aire hasta que se subsane la situación jurídica.

El verdadero debate

Más allá de la disputa política entre el Gobierno anterior y el actual, existe una pregunta que interesa a todos los colombianos:

¿Qué papel deben cumplir los medios públicos en una democracia?

El artículo 20 de la Constitución Política garantiza la libertad de expresar y difundir el pensamiento y las opiniones, pero también reconoce la libertad de informar y recibir información veraz e imparcial.

Por eso, cuando una emisora pública llega a territorios donde existen pocas alternativas informativas, su importancia no puede medirse únicamente por el número de personas que la escuchan.

Una emisora territorial puede convertirse en puente entre una comunidad y el Estado; puede informar sobre una emergencia, denunciar una necesidad, divulgar una decisión administrativa, visibilizar a una organización comunitaria o simplemente permitir que una población escuche su propia voz.

Ese es, precisamente, el valor que está en juego.

¿Reorganización o riesgo para la información territorial?

La suspensión de agosto no terminó con el cierre definitivo de las Emisoras de Paz. La decisión judicial tampoco encontró demostrada una vulneración de los derechos fundamentales invocados.

Pero los cuestionamientos de la FLIP y de la Defensoría del Pueblo muestran que el asunto no puede reducirse a una discusión administrativa.

La radio pública tiene una responsabilidad particular: garantizar que las regiones también puedan hablarle al país y que el país pueda escucharlas.

Por eso, más que preguntar solamente si hubo censura, conviene mantener abierta una pregunta todavía más profunda:

¿Puede existir una verdadera democracia informativa si las comunidades pierden la posibilidad de producir y difundir desde sus propios territorios la información que les afecta?

La respuesta a esa pregunta no corresponde únicamente al Gobierno de turno.

Corresponde a toda la sociedad colombiana.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Hacienda Los Molinos: comunidad reclama devolución de cobros que atribuye a errores del Acueducto



Habitantes de Hacienda Los Molinos, en la localidad de Rafael Uribe Uribe, realizarán este 8 de septiembre un plantón para reclamar a la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB) la devolución de dineros que, según denuncian, habrían sido cobrados de más en sus facturas.

La situación se originó a partir de una respuesta de la EAAB a un derecho de petición, en la que, según la información divulgada, la Empresa habría reconocido inconsistencias en el cálculo de los subsidios correspondientes a usuarios del sector.

De acuerdo con la denuncia, aunque la EAAB actualizó el número de unidades habitacionales de algunos predios, el sistema de facturación no habría aplicado de manera correcta el subsidio correspondiente al estrato 2, ocasionando diferencias en los valores cobrados.

La información conocida señala que los ajustes superarían los 30 millones de pesos y comprometerían más de 125 cuentas contrato, con casos individuales en los que el valor a ajustar superaría los 900.000 pesos por familia.

Una comunidad que reclama respuestas

Hacienda Los Molinos es un sector de origen informal de Rafael Uribe Uribe. Sus habitantes han manifestado históricamente dificultades relacionadas con la prestación de los servicios públicos y, según la denuncia, buena parte de la comunidad utiliza redes construidas por los propios residentes para acceder al agua.

Para los habitantes afectados, el problema no se limita al valor económico de las facturas. También cuestionan que hayan tenido que descubrir por iniciativa propia una situación que, según consideran, debió ser identificada oportunamente por la Empresa.

La concejala Rocío Dussán, quien ha asumido la denuncia y anunció acciones de control político, sostiene que la EAAB debe explicar cuántos usuarios fueron afectados, cuánto dinero se habría cobrado de más y cuál será el mecanismo para realizar los ajustes o devoluciones correspondientes.

Dussán también ha anunciado una solicitud de información para establecer si situaciones similares se presentaron en otros sectores de Bogotá.

Plantón y firmatón

Como parte de las acciones anunciadas, la concejala y habitantes del sector promoverán mañana una firmatón y un plantón frente a la situación denunciada, con el propósito de solicitar a la EAAB respuestas y medidas concretas frente a los posibles cobros realizados de manera incorrecta.

La comunidad reclama que, si se confirma que hubo cobros superiores a los que correspondían, los recursos sean reconocidos y devueltos en su totalidad a las familias afectadas, de acuerdo con los procedimientos que establezca la Empresa.

Por ahora, corresponde a la EAAB precisar oficialmente el alcance de la situación, el número total de cuentas afectadas, los valores involucrados y la forma en que se realizarán los ajustes.

Notas de Acción continuará atento al desarrollo del plantón y a las respuestas que entreguen tanto la Empresa de Acueducto como las autoridades distritales y la comunidad de Hacienda Los Molinos.

sábado, 29 de agosto de 2026

LOS QUE VUELVEN A ROCK AL PARQUE 2026:

 


Por: Cristian Albeiro Pulido Melo. @cristianpulidomelo - michincalceta@gmail.com

Treinta años regresan al Simón Bolívar

El cartel ya empezó

Rock al Parque ya tiene fecha, lugar y buena parte de su ruido anunciado. El 10, 11 y 12 de octubre de 2026, el Parque Metropolitano Simón Bolívar recibirá la edición número 30 del festival. La entrada será gratuita y el cartel reúne a más de sesenta agrupaciones de distintos países y escenas. Todavía faltan horarios por tarima y otros detalles, pero Bogotá ya empezó a hacer lo de siempre: discutir.

—¿Usted sí se va a ver a Mon Laferte?

Mon Laferte
—Uy, Apocalyptica otra vez.
—Falta metal.
—No, marica, mire ese poco de bandas.

Tan pronto circuló el cartel, comenzaron las rutas imaginarias. Uno hace captura de pantalla, otro marca nombres, alguien declara que solo irá por dos bandas y otro ya está armando parche. Yo lo abrí y no vi únicamente programación: vi años.

No puedo contar los treinta años de Rock al Parque porque llegué tarde a esa historia. Mi primer festival fue en 2005. Tenía diecisiete años, pelo largo, uñas negras y la brillante idea de llegar hasta la primera valla. Ese año tocaban Apocalyptica e I.R.A. Con Mayli, mi novia de entonces, quedamos apretados contra una multitud que empujaba desde atrás mientras unos tipos con chelos hacían sonar el metal desde un lugar que yo no había imaginado. Ella empezó a quedarse sin aire. Unos desconocidos abrieron espacio. Respiró. Seguimos.

El Simón Bolívar que recuerdo de entonces también tenía otra escala para mi cuerpo. Yo no veía operación, infraestructura ni logística: veía una tarima enorme al fondo y una sola tarea, llegar lo más adelante posible. Aquella edición abrió por primera vez con más de cuarenta mil personas y terminó reuniendo alrededor de 210 mil asistentes durante los tres días. Yo no sabía nada de esas cifras. Lo que conocía era la presión de una valla contra el abdomen, el calor de otros cuerpos pegados a la espalda y la música golpeando desde adelante.

Veintiún años después, Apocalyptica e I.R.A. vuelven a estar en el cartel.

“Hay bandas que uno vuelve a escuchar y le devuelven una edad completa.”

Una ciudad dentro del archivo

En 2007 vi a Los Bunkers. Yo venía metido en el metal, el hardcore y el rock pesado, y ellos me movieron el piso: melodía, atmósfera, amor, política, tristeza; una puesta en escena que iba más allá de tocar canciones. Ese Rock al Parque también quedó marcado por una granizada que suspendió la primera jornada: Bogotá recordándonos que aquí el clima también programa.

En 2008 llegó Gondwana. El reggae todavía podía sentirse extraño dentro de las fronteras mentales de algunos rockeros. A mí me abrió otra puerta: brincar, sí, pero también bajar revoluciones, pensar en el amor, en la espiritualidad y en una vida menos acelerada. Los he escuchado después en Bogotá, pero en 2026 vuelven como maestros.

I.R.A. y Skampida aparecen en varios momentos de esa memoria. Su recurrencia dice algo del propio festival: algunas bandas dejan de sentirse invitadas y se vuelven parte de la casa. I.R.A. mostró otras formas de habitar el punk y el hardcore, otra relación con el mosh y con el cuerpo. Skampida tiene una pedagogía más sencilla: suena el brass y uno cambia de ruta. Puede estar comprando una camiseta o terminando una cerveza, escuchar que arrancaron en otra tarima y pensar: “vamos solo un rato”. Después termina brincando.

El parque también se recuerda por debajo de la música. Por el olor de la tierra recién abierta por la lluvia y el pasto convertido en barro; por la cerveza, el cigarrillo y la comida mezclándose en el mismo aire; por ese bajo que uno alcanza a sentir desde lejos antes incluso de reconocer qué banda está tocando. Hay tardes en que el pantalón se va humedeciendo desde abajo y los zapatos pesan cada vez más. El cuerpo también aprende el mapa: sabe cuánto falta para otra tarima por el cansancio de las piernas, no por los avisos.

Desorden Público me devuelve a 2015: amigos, muchachos de procesos de formación, ska, cerveza, marihuana, política y una sensación fuerte de reencuentro. Mon Laferte me lleva a 2017 y a otra clase de aprendizaje. Llegué prejuicioso y salí callado. No conocía bien sus canciones, pero su voz, su cuerpo y su capacidad performática me desmontaron el sesgo que traía. A veces uno va a Rock al Parque a descubrir que estaba equivocado.

“Cada asistente fabrica un festival distinto con el mismo mapa.”

Los maestros vuelven

  

Mientras yo vivía en Medellín, Bogotá siguió haciendo su festival.

Y eso también modifica una relación. Durante esos años Rock al Parque pasó de ser una cita a la que iba, a convertirse en algo que miraba desde lejos: aparecía el cartel, veía las fotos, escuchaba quién había tocado, quién la había roto, quién había decepcionado. Había algo extraño en saber que el Simón Bolívar estaba lleno y yo estaba en otra ciudad. Uno descubre que también puede extrañar un festival.

Pero Medellín me enseñó a mirar ese tipo de eventos desde otro sitio. Allí entré con mayor profundidad en la producción, la gestión y la creación alrededor de grandes encuentros musicales, especialmente Altavoz. Empecé a ver lo que antes permanecía detrás del escenario: tiempos, pruebas, desplazamientos, técnicos, artistas esperando, cables, camerinos, montaje, desmontaje. Cuando regresé a Rock al Parque ya no podía mirar una tarima únicamente desde adelante.

Cuando regresé en 2022 encontré un Rock al Parque más amplio, capaz de poner en escena cruces que años atrás parecían menos naturales. Y el propio festival regresaba también después de más de tres años de ausencia: dos fines de semana, cuatro jornadas, tres tarimas, 87 agrupaciones y más de 300 mil asistentes. La escala ya no era solo una impresión. La ciudad temporal se había ensanchado.

Allí escuché a Lucio Feuillet y esa conversación entre rock, músicas tradicionales, territorio y memoria latinoamericana. La frontera se había movido.

El rockero mayor
Por eso el cartel de 2026 funciona como un archivo abierto. Apocalyptica nos sitúa en 2005. Los Bunkers, en 2007. Gondwana, en 2008. I.R.A. y Skampida atraviesan varias estaciones. Desorden Público evoca el 2015; Mon Laferte, el 2017; Lucio, el 2022. No se trata de vivir de la nostalgia; se trata de volver a escuchar a esos músicos mientras ellos, nosotros y la ciudad vamos madurando.

Y también ha cambiado la materialidad del festival. Para hacerse una idea: la edición de 2025 necesitó 18 días continuos de montaje, más de 400 toneladas de equipos técnicos, más de 300 camiones y más de dos mil personas trabajando para levantar sus tres escenarios y toda la operación que los rodeaba. Para los treinta años ya se anuncia, además, un nuevo escenario de experiencias.


A los diecisiete años yo quería llegar a la valla y quedarme ahí. Ahora miro el mapa, calculo distancias, sé cuándo correr y cuándo no vale la pena. Uno también puede medir veinte años de festival en las rodillas, la espalda y la cantidad de parque que está dispuesto a atravesar para alcanzar otra tarima.

Yo nunca he vivido Rock al Parque como una planilla que haya que completar. Soy selectivo. Paso mucho tiempo en los puestos de comida, la cerveza, la feria, encontrando gente y caminando. Si una tarima no me interesa, me voy. Este año probablemente caminaré todavía más: hay demasiados reencuentros distribuidos por el parque. Y entre uno y otro quiero escuchar también nombres que hoy no significan nada para mí. Sería bastante triste llegar a la edición 30 convertido en el señor que solo persigue sus recuerdos.

Octubre todavía no ocurre 

Para quien quiera ir, lo confirmado es sencillo: sábado 10, domingo 11 y lunes festivo 12 de octubre, Parque Metropolitano Simón Bolívar, Bogotá, entrada gratuita. Los horarios y las condiciones finales de acceso deberán revisarse en los canales oficiales cuando sean publicados.

Lo demás pertenece al conocimiento acumulado de cualquier sobreviviente del Simón Bolívar: zapatos cómodos, nada de correas, impermeable, protector solar, transporte público, cuidar el celular y llegar con tiempo. Bogotá puede ofrecer sol, aguacero y barro en la misma tarde con una eficiencia admirable.

Pero uno también llega al festival antes de atravesar la entrada. Empieza en la masa que camina hacia el parque, en las camisetas negras que empiezan a multiplicarse en los buses y en el sonido que, a medida que uno se acerca, va apareciendo por encima del tráfico. Adentro, las frecuencias de las distintas tarimas se mezclan mientras uno camina. Después de la lluvia, el parque huele a tierra removida, pasto triturado y ropa mojada.

Y al cerrar la noche ocurre el movimiento contrario. Miles de cuerpos salen por la calle 63, buscan la Avenida 68, se separan en grupos, preguntan por el TransMilenio, llaman un carro, se despiden, siguen cantando. El volumen del escenario va quedando atrás, pero durante un rato todavía se siente algo en el pecho y en los oídos. La ciudad vuelve a tragarse al festival persona por persona.

No hace falta intentar escuchar todo. Marque las bandas que de verdad no quiere perderse, pero deje huecos. Coma. Camine. Mire los puestos. Hable con desconocidos. Permita que una tarima le arruine el itinerario. En Rock al Parque, perder el plan puede ser la mejor parte del plan.

El festival todavía no ha empezado y, sin embargo, la ciudad ya está recordando.

En octubre sabremos qué sobrevivió en esas canciones, qué cambiaron los músicos y qué cambió en nosotros. Por ahora queda la invitación: volver al Simón Bolívar y comprobar, cuerpo presente, si la música que guardó nuestras edades todavía sabe dónde tocarnos.

viernes, 28 de agosto de 2026

Bogotá: una ciudad que se estremece para cambiar de piel

Cristian Albeiro Pulido Melo

Bogotá se transforma. El metro avanza bajo sus calles, las grúas modifican el paisaje y el concreto anuncia una nueva ciudad. Pero mientras el futuro se levanta, también permanecen los recuerdos, los gestos, los sabores y las historias que construyen la memoria de quienes la habitan. Este texto, escrito desde una mirada íntima y poética, propone otra manera de observar la renovación de la ciudad.


ACOMPAÑAMIENTO PARA GARBANZOS

Autor: Cristian Albeiro Pulido Melo. Escritor, artista y gestor cultural en Bogotá. 

Mediodía bogotano.

Garbanzos cremosos humeando. Papas sabaneras con romero. El edificio vibra. No es metáfora. Vibra de verdad. El metro perfora unas cuadras más abajo y cada vez que la máquina entra en la tierra, el concreto devuelve una respiración profunda, como si el edificio quisiera desprenderse de sí mismo. Estoy aquí, entre la cúrcuma y los trámites, sosteniendo la épica burocrática del país y lo que queda de mi corazón.

La escena tiene algo de cine.

El polvo sube desde la obra. Las grúas giran despacio. El futuro se levanta en columnas de concreto mientras el presente intenta almorzar.

Pienso que en otros lugares restauran viejas estaciones de tren fronterizas, hospitales abandonados en pueblos que ya casi no existen, bodegas convertidas en centros culturales al borde del desierto y la sal. Patrimonios inmuebles, dicen los informes. Aquí el patrimonio vibra distinto. Sale de una olla. Se sienta a la mesa. Pasa de unas manos a otras sin necesitar una placa de bronce.

La vida cotidiana también conserva. Solo que casi nunca inauguran una ceremonia para ella.

Tecleo fuerte, como un piano de rock sinfónico. El metro sigue taladrando. Ajusto unas observaciones para un seguimiento técnico mientras, con la otra mano, dejo caer apenas unas gotas más de vinagre de manzana sobre la ensalada. Me doy cuenta de que hago exactamente lo mismo en ambos lugares.

Ajustar. Equilibrar. No dejar que una variable arruine el conjunto. Nada importante se improvisa del todo.

Hace dos días me robaron. Plena mañana. Una calle llena de gente.

Me rodearon. Regaron toda mi maleta sobre el andén. Escogieron con calma lo que iban a llevarse. Me dejaron el resto. Me dijeron que lo recogiera. Que volviera a empacar. Permanecieron allí, esperando, mientras yo recogía mis cosas del suelo como quien junta pedazos de una escena que todavía no entiende.

Cuando terminé de cerrar la maleta, llegó la patada.

No fue solamente el golpe.

Cristian Albeiro Pulido Melo

Fue la naturalidad. La gente que siguió caminando. La ciudad haciendo exactamente lo que una ciudad hace cuando ha visto demasiado. Todavía llevo un raspón en la frente.

El edificio vuelve a vibrar.

Respiro.

Que tiemble el concreto. No la cabeza. Pongo las papas a hervir con piel. Con sal generosa. La piel sostiene algo que todavía no sé nombrar. Después las parto en mitades grandes y las dejo dorarse despacio. Sin ansiedad. Que hagan costra. Hay cosas que solo adquieren consistencia cuando el fuego deja de ser urgencia.

La papa sabanera siempre me lleva a mi abuelo.

Él fue un niño entre cultivos, recogiendo papa con las manos hundidas en la tierra fría de la sabana. Yo hice ese trabajo apenas una vez, muchos años después, siguiendo las huellas de una vida que todavía no he escrito. Recuerdo la humedad pegándose a los dedos, el peso sencillo de cada papa, la tierra metiéndose bajo las uñas como si quisiera quedarse allí.

No sé cuánto de ese recuerdo es mío.

Hay quienes dicen que mis manos son idénticas a las de él. Que camino igual. Que hago los mismos gestos cuando estoy concentrado. Cuando, como actor, me envejecen para una obra, hay fotografías en las que no logro distinguir si el hombre que me devuelve el espejo soy yo o es él.

Quizá la memoria también se herede por las manos. Quizá por eso nunca pelo una papa con prisa.

Lavo la lechuga hoja por hoja. No la corto con cuchillo. La rasgo con las manos. Ya suficiente violencia tuvo la semana. Rompo las hojas en tamaños distintos. Algunas quedan casi enteras. Otras no. El tomate verde acepta el cuchillo. El pepino cae en medias lunas. El aceite de oliva esperará hasta el final.

Cada cosa tiene su momento.

Cada cosa necesita un ritmo.

Miro de reojo al invitado de la maleta siempre lista. Hace rato dejó de parecerme un visitante y todavía no sé si alcanzó a convertirse en compañía. Pienso en todo lo que uno intenta sostener para que los vínculos no se rompan y en cómo, a veces, el esfuerzo termina pareciéndose a esas ollas que uno deja demasiado tiempo al fuego por miedo a que la comida llegue fría.

No todo lo que permanece acompaña. No todo lo que se va abandona.

Mientras tanto cargo también con cansancios que no son exactamente míos. Con proyectos de otros. Con silencios que nadie recoge. Con un raspón en la frente que casi nadie ha visto.

Los garbanzos ya están cremosos. La papa terminó de dorarse. El romero apenas se insinúa. El limón entra al final. Nunca antes.

Hay historias que se amargan si uno se apresura.

Hoy viene mi madre. Hace días que no coincidíamos. Esta mañana le di gracias a la vida por tenerla. Después pensé que también debía agradecer por tenerme todavía a mí, aquí, cocinando. A veces me toca colgar ganchos del cielo para apenas sostenerme. Ella sigue siendo el lugar donde esa gravedad descansa un momento.

Sirvo los garbanzos. Acomodo las papas. El hilo de aceite cae despacio y brilla apenas sobre la superficie.

Afuera el edificio vuelve a temblar. Las grúas siguen moviéndose. La ciudad cambia de piel. Miro mis manos. Por un instante ya no sé si son las mías o las de mi abuelo sacando una papa de la tierra.

Tal vez el patrimonio no sea otra cosa: Un gesto que encuentra otro cuerpo antes de desaparecer.


NOTAS DE ACCIÓN presenta esta publicación como una mirada diferente sobre la transformación urbana de Bogotá: no desde las cifras de inversión, los cronogramas de obra o los debates administrativos, sino desde la sensibilidad de quien vive la ciudad mientras esta cambia.

Y eso tiene mucho que ver con nuestra propia concepción del periodismo comunitario: 

La ciudad también puede contarse desde la experiencia de quienes la habitan.

lunes, 17 de agosto de 2026

Pugliazunchi: juegos ancestrales que unen a los pueblos indígenas en Rafael Uribe Uribe

Antonia Ägreda, líder comunitaria del pueblo Inga

Por Pedro Carvajal — Periódico Comunitario NOTAS DE ACCIÓN

El deporte fue el punto de encuentro, pero la memoria, la identidad y el intercambio de saberes fueron los verdaderos protagonistas de los Cuartos Juegos Tradicionales Pugliazunchi, una jornada que reunió en Rafael Uribe Uribe a integrantes de diferentes pueblos indígenas que hoy hacen parte de la vida de la localidad.

Antonia Ágreda, integrante del pueblo Inga y encargada de la organización del encuentro, explicó que Pugliazunchi reúne a comunidades que conservan en sus juegos parte de la memoria de sus territorios de origen.

La jornada contó con la participación de representantes de los pueblos Inga, Yanacona, Cubeo, Pastos, Nasa y Witoto, comunidades que, desde diferentes regiones del país, han construido también una presencia en el territorio bogotano.

Jugar para conservar la memoria

Para Antonia, los juegos tradicionales son mucho más que una actividad recreativa.

Cada pueblo lleva al encuentro una expresión de su propia historia.

Los Inga participaron con el juego de los chasquis o bandereros; el pueblo Witoto presentó un trompo elaborado con madera de chonta, diferente al tradicional trompo conocido en la ciudad; los Pastos llevaron la chaza, juego de profunda tradición nariñense, mientras que también estuvo presente la rana, conocida en la tradición indígena como cucunobá.

A estas expresiones ancestrales se sumaron actividades deportivas contemporáneas, entre ellas un microtorneo intercultural de microfútbol y baloncesto.

La combinación no es accidental.

Pugliazunchi busca que los conocimientos ancestrales puedan convivir con las prácticas deportivas que hacen parte de la vida actual de niños, jóvenes y adultos.

Seis pueblos, seis colores, una celebración

Durante la jornada, cada pueblo estuvo identificado con un color.

Los Inga, de rojo; los Yanacona, de naranja; los Witoto, de amarillo; los Pastos, de verde; los Nasa, de morado, y los Cubeo, de azul.

Los colores permitieron identificar a cada comunidad, pero también hicieron visible una característica fundamental del encuentro: la diversidad.

Antonia explicó que el propósito no está centrado únicamente en determinar quién gana.

“Lo más importante para nosotros realmente es compartir”, señaló al referirse al encuentro.

Compartir el alimento, el juego y la sabiduría constituye, desde su perspectiva, una parte esencial de la jornada.

Una apuesta por los niños y las nuevas generaciones

Uno de los propósitos que Antonia destaca es acercar a los niños a juegos que quizá no conocen y que representan una parte de la memoria de los pueblos.

La idea es que las nuevas generaciones puedan mantener el vínculo con sus tradiciones, pero también encontrarse con otras comunidades y con habitantes de la localidad.

En ese sentido, los juegos se convierten en una herramienta pedagógica y cultural.

No solamente se aprende a jugar: también se aprende que existen otras formas de entender la historia, el territorio y la comunidad.

Una mirada desde la espiritualidad

La jornada también tuvo una dimensión espiritual.

Uno de los participantes, sabedor y taita indígena residente en la localidad, explicó que la actividad estaba acompañada por una ceremonia de ofrenda y sanación.

Frutas, velas y aromas hicieron parte del mandala preparado como ofrenda a los ancestros, guías y fuerzas espirituales en las que cree su comunidad.

Su concepción de la sanación está estrechamente relacionada con el territorio.

“El territorio es nuestra fuerza, nuestro vigor”, expresó.

Para él, compartir estos saberes no constituye una actividad comercial. Lo explicó con una frase que resume buena parte de su pensamiento:

“La sanación no se cobra, se comparte.”

Su participación permitió mostrar que detrás de los juegos existen también conocimientos, prácticas espirituales y formas de relación con la naturaleza que hacen parte de la identidad de los pueblos.

De los territorios de origen a la ciudad


Los participantes de Pugliazunchi proceden de diferentes regiones y pueblos indígenas del país.

Algunos llegaron a Bogotá por desplazamiento o como víctimas de diferentes circunstancias; otros hacen parte de procesos de migración histórica.

El resultado es una realidad cultural diversa que hoy forma parte de Rafael Uribe Uribe.

La jornada permite entonces mirar la localidad desde otra perspectiva: no solamente como un territorio urbano, sino como un espacio en el que confluyen diferentes memorias, culturas y maneras de comprender la vida.

Presupuestos Participativos y participación comunitaria

Antonia explicó que la iniciativa hace parte de Presupuestos Participativos, mecanismo que permite concertar proyectos con las comunidades y responder a necesidades identificadas por ellas.

Desde su perspectiva, este tipo de ejercicios adquiere especial importancia cuando se construyen teniendo en cuenta las cosmovisiones y características de cada pueblo.

El deporte, la cultura, la recreación y la transmisión de saberes se convierten así en herramientas para fortalecer la identidad y, al mismo tiempo, promover espacios de encuentro.

El proceso también cuenta con el acompañamiento de la Alcaldía Local de Rafael Uribe Uribe, cuyo apoyo fue reconocido por Antonia durante la jornada.

Una invitación a la ciudadanía


Pero los organizadores quieren que Pugliazunchi llegue más allá de las comunidades indígenas.

Antonia hizo una invitación a los habitantes de Rafael Uribe Uribe para que conozcan estos juegos y participen cuando se abran nuevas convocatorias.

Explicó que muchas personas no se inscriben sencillamente porque desconocen que existen estas actividades.

Por eso considera necesario fortalecer la difusión a través de los medios de comunicación.

Su mensaje tiene un destinatario claro: niños, jóvenes y ciudadanos interesados en conocer otras formas de jugar, aprender y compartir pueden acercarse a estos espacios.

Comunicación para encontrarnos

La petición de Antonia coincide con una realidad que también pudo observarse durante la jornada: la comunicación comunitaria puede convertirse en un puente entre los pueblos indígenas y el resto de la localidad.

Informar sobre estos procesos permite que la ciudadanía conozca su existencia, comprenda su significado y encuentre posibilidades de participación.

En ese sentido, cubrir Pugliazunchi no significa únicamente registrar resultados deportivos.

Significa contar una experiencia de integración en la que el juego sirve para abrir conversaciones sobre cultura, identidad, territorio y convivencia.

Mucho más que un festival deportivo


Al finalizar la jornada quedaron los resultados de los juegos y algunos ganadores simbólicos, pero el verdadero resultado fue otro.

Los pueblos compartieron sus juegos, sus alimentos, sus colores y sus conocimientos.

Los niños encontraron nuevas formas de jugar.

Los habitantes de la localidad tuvieron la oportunidad de acercarse a culturas que forman parte de su propio territorio.

Y los pueblos indígenas encontraron nuevamente un espacio para decir, mediante sus tradiciones, que también son parte de Rafael Uribe Uribe.

Pugliazunchi demuestra así que el deporte puede ser mucho más que competencia.

Puede convertirse en memoria.

Puede ser identidad.

Puede ser encuentro.

Y puede ayudar a construir comunidad cuando las diferencias dejan de ser una barrera y se convierten en una oportunidad para conocerse y compartir.



Agustín Ágreda: una voz indígena que participa en la construcción de Rafael Uribe Uribe

 

Agustín Ágreda, líder indígena de la comunidad Inga

Por Pedro Carvajal — Periódico comunitario NOTAS DE ACCIÓN

Hablar con Agustín Ágreda es acercarse a una parte de Rafael Uribe Uribe que no siempre resulta visible para quienes recorren diariamente sus calles. Integrante del pueblo Inga y coordinador de la Mesa Local Indígena de la localidad, Agustín habla de los pueblos indígenas no como comunidades ajenas al territorio, sino como parte del tejido social que también construye la vida de esta localidad.

Su encuentro con NOTAS DE ACCIÓN se produjo durante los Cuartos Juegos Tradicionales, un escenario que, para él, tiene un significado que supera ampliamente la competencia deportiva.

“Queremos mostrarle a la comunidad de Rafael Uribe Uribe que somos parte de ese conglomerado de personas que existimos acá”, explica.

Y esa afirmación resume buena parte de su pensamiento.

Una localidad de muchos pueblos



Agustín explica que en Rafael Uribe Uribe confluyen pueblos indígenas procedentes de diferentes territorios del país. Habla de los Inga, Pastos, Witoto, Cubeo, Nasa y Yanacona, cada uno con sus propias tradiciones, conocimientos, lenguas y formas de comprender el mundo.

Los caminos que los llevaron hasta Bogotá tampoco son iguales. Algunos llegaron como consecuencia del desplazamiento o de situaciones de victimización; otros hacen parte de procesos migratorios de larga trayectoria.

En el caso del pueblo Inga, Agustín habla de una migración histórica que comenzó a hacerse visible en Bogotá desde finales de la década de 1950.

Así, detrás de cada comunidad existe una historia territorial que continúa expresándose en la ciudad mediante la medicina tradicional, los tejidos, la lengua, las celebraciones y los juegos ancestrales.

La propia normativa local reconoce la presencia de diferentes pueblos indígenas en Rafael Uribe Uribe. La Resolución Local 152 de 2021 creó formalmente la Mesa Indígena Local y reconoció procesos de organización comunitaria que venían desarrollándose desde años atrás.

Organizarse para ser escuchados

Para Agustín, uno de los principales logros de los líderes indígenas ha sido precisamente conseguir que esa presencia tenga un espacio formal de interlocución con la Administración Local.

La Mesa Indígena Local de Rafael Uribe Uribe fue creada mediante la Resolución Local 152 del 2 de septiembre de 2021 como instancia de consulta, concertación, diálogo, participación, articulación e incidencia entre los pueblos indígenas y la Administración.

Para Agustín, ese reconocimiento representa parte de una lucha que busca garantizar los derechos de las comunidades y abrir espacios para participar en las decisiones que afectan su vida colectiva.

Desde allí, explica, se trabaja alrededor de asuntos como cultura, salud, educación, mujer, territorio, hábitat y formas propias de organización.

La Mesa no es entendida únicamente como un espacio para reclamar derechos. También es, según su visión, un escenario para dialogar y concertar con las instituciones.

La participación como herramienta


La trayectoria de Agustín también ha pasado por otros escenarios de participación ciudadana.

En la Alcaldía Local de Rafael Uribe Uribe se le registra como representante de las comunidades indígenas y étnicas ante el Consejo Local de Planeación, CPL.

Su presencia en estos espacios refleja una convicción que aparece reiteradamente en su conversación: las comunidades deben participar en la construcción de las decisiones públicas que tienen relación con sus necesidades.

Por eso, al hablar de los próximos Presupuestos Participativos, su invitación no se limita a los pueblos indígenas.

Convoca a toda la ciudadanía.

Su argumento es que cada población, sector y territorio tiene necesidades particulares y que los presupuestos participativos deben convertirse en una oportunidad para que esas necesidades puedan ser expresadas, discutidas y atendidas mediante el diálogo comunitario.

Cultura que se transmite jugando

Los Cuartos Juegos Tradicionales constituyen para Agustín una de las formas de revitalizar la cultura.

Los juegos son, explica, una manera de transmitir conocimientos y fortalecer la identidad, pero no son la única.

También están la medicina tradicional, el tejido y las lenguas propias.

Por eso el encuentro deportivo adquiere un significado especial: mientras los participantes juegan, también están mostrando una parte de sus historias y de los territorios de donde provienen sus pueblos.

En una localidad urbana como Rafael Uribe Uribe, el juego se convierte así en una puerta de entrada para que otros habitantes conozcan una diversidad cultural que muchas veces permanece desconocida.

El mensaje detrás de los juegos



Agustín insiste en que los pueblos indígenas hacen parte del tejido social de la localidad.

Ese mensaje tiene especial fuerza porque no habla solamente del pasado. Habla del presente y del futuro.

Las comunidades indígenas que viven en Rafael Uribe Uribe participan de los espacios ciudadanos, dialogan con la Administración, presentan iniciativas, defienden sus derechos y buscan que sus niños y jóvenes mantengan vivos conocimientos que vienen de generaciones anteriores.

Los juegos tradicionales son, en ese sentido, una forma de memoria viva.

No se trata solamente de recordar cómo jugaban los mayores. Se trata de permitir que las nuevas generaciones conozcan aquello que forma parte de su identidad y que, al mismo tiempo, la ciudadanía que comparte el territorio pueda acercarse a esa riqueza cultural.

Una invitación a participar

Al finalizar su conversación, Agustín vuelve sobre un tema que considera fundamental: la participación ciudadana.

Invita a los habitantes de Rafael Uribe Uribe a acercarse a las actividades de las comunidades indígenas, conocer sus proyectos y participar en los procesos de Presupuestos Participativos.

Su mensaje parte de una idea sencilla: para construir comunidad primero hay que conocerse.

Y allí aparece también el papel de los medios comunitarios.

Agustín agradece a medios como NOTAS DE ACCIÓN por contribuir a visibilizar el trabajo de los pueblos y comunidades indígenas.

La comunicación comunitaria puede convertirse así en un puente: permite que quienes desconocen estos procesos sepan que existen y, a partir de allí, encuentren caminos para participar.

Una voz dentro del territorio

Agustín Ágreda no habla únicamente de los pueblos indígenas. Habla de una localidad diversa, en la que diferentes historias y procedencias se encuentran todos los días.

Su liderazgo está ligado a una tarea que parece sencilla, pero que tiene profundas implicaciones: hacer visible a una comunidad que quiere ser reconocida como parte activa de Rafael Uribe Uribe.

Los Cuartos Juegos Tradicionales fueron el escenario para mostrar una pequeña parte de esa realidad.

Detrás de los juegos están la memoria, los territorios de origen, las lenguas, la medicina, los tejidos, las cosmovisiones y los esfuerzos organizativos de pueblos que han encontrado en Bogotá un nuevo territorio para continuar su historia.

Y detrás de esa historia está también la voz de dirigentes como Agustín Ágreda, que entienden la participación no solamente como un derecho, sino como una herramienta para construir comunidad.

Porque Rafael Uribe Uribe también se construye desde la diversidad de quienes la habitan.